II. a) INTERIORIDAD DE LA MORAL Y EXTERIORIDAD DEL DERECHO. b) INTERIORIDAD Y EXTERIORIDAD DE LA MORAL Y DEL DERECHO.

II.   a)    Interioridad de la Moral y Exterioridad del Derecho. 

Hay autores que pretenden distinguir moral y derecho oponiendo a la interioridad de la primera la exterioridad del segundo, como el autor Kant que dice: El cumplimiento de las normas ideales de moralidad es independiente de toda organización exterior. La persona que quiere vivir moralmente solo tiene que escuchar  la voz de su conciencia. Lo social es para el moralista  una circunstancia con la que debe contar, a fin de valorar éticamente la conducta del sujeto en la vida común. Mas la sociedad no es nunca, para la consideración moral, un fin en sí, sino un simple medio. A la moral pragmática, que mide el mérito de la conducta en función de los resultados que produce, opone Kant la ética de las intenciones, refiere Max Scheler “Sólo la bondad de los propósitos permite distinguir los fines de Dios de las miras del diablo”, para la cual el elemento decisivo es la pureza de la voluntad.[1]

La correspondencia exterior de un proceder con la regla no determina, por sí misma, la moralidad de aquél. Es simple legalidad, corteza que oculta o disfraza determinadas intenciones. La imagen evangélica de los “sepulcros blanqueados” alude a una distinción parecida.

El anterior criterio no es absoluto, pues la moral no solo se preocupa por el fuero interno del sujeto, ni el derecho considera únicamente la exterioridad de las actitudes. Aquélla demanda asimismo que obremos con rectitud y hagamos cristalizar en actos nuestros propósitos; y éste no busca de manera exclusiva la mera adecuación exterior, la simple legalidad, sino que atiende también a los resortes de la conducta. En su Filosofía del Derecho Giorgio Del Vecchio manifiesta “Si bien el derecho observa una cierta laxitud en cuanto a las motivaciones, esto no significa que deje de considerar en absoluto el elemento psíquico. No sería  posible una valoración jurídica de acto alguno sin desembocar en cierto modo en los motivos.”[2]

Una moral que solamente mandase pensar bien resultaría estéril. Por ello exige que las buenas intenciones trasciendan a la práctica. De lo contrario, únicamente servirían “para empedrar el camino del infierno”.[3]

El derecho tampoco se conforma con la pura legalidad. A menudo penetra en el recinto de la conciencia y analiza los móviles de la conducta, atribuyéndoles consecuencias jurídicas de mayor o menor monta. Piénsese, por ejemplo, en el papel que desempeña la intencionalidad  en el derecho penal, o en el que juega, en materia civil, la buena fe.[4]

Los intereses de la moral y el derecho siguen direcciones diversas, como lo expresa muy bien Gustavo Radbruch “No hay ningún dominio de acciones externas o internas que no pueda someterse a valoración tanto jurídica como moral”. La primera preocúpase por la vida interior de las personas, y por sus actos exteriores solo en tanto que descubren la bondad o maldad de un proceder. El segundo atiende esencialmente a los actos externos y después a los de carácter íntimo, pero únicamente en cuanto poseen trascendencia para la colectividad. El derecho refiérese  a la realización de valores colectivos, mientras la moral persigue la de valores personales.[5]

             b)   Interioridad y exterioridad de la Moral y del Derecho.

Se separa nuevamente para estudio y clasificación éstos dos planos en la composición del hombre, como si se tratara de algo tan diferente, como si no pudiera haber relación alguna entre el interior y el exterior de algo; nada menos, ni nada más que el culmen de la Creación: ¡el ser humano! 

Las conclusiones sacadas de la manga: que si ya interesa a la colectividad, que si ya al plano individual, que es cuestión interna o externa, superior e inferior, izquierda o derecha, abstracto o concreto, salvaje o civilizado, alegre o triste, luz y sombra, frío y caliente, duro y blando, dulce y salado, paz y guerra, amor u odio… elucubraciones, conjeturas, -en lo particular- imprácticas, creadoras eso si de espectaculares migrañas.

Todo lo somos: un universo, formado por millones de universos, en contacto con otros tantos universos, en un universo infinito. Ese es el destino del ser humano: ser libre de actuar, moverse donde le plazca dentro de ese hábitat. ¿Por qué siempre tenderemos a dividir entonces? Y encontrar, o más bien inventar explicaciones a las cosas que nunca llegaremos a abarcar con el simple intelecto. A mí me gusta cuando puedo comprobar los hechos, como por ejemplo con las ciencias exactas, allí nada de discursos mareadores; una y otra vez se repite el fenómeno en estudio, se comprueba el milagro; es, o no es. Luego, sí me admira la simplicidad aparente de determinar como estarlo viendo, con ese desparpajo: es interno y externo. Es cuadrado y ya (¿Compruébalo?).

No; sobre todo en cuestiones tan abstractas, tan íntimas, tan personales, tan trascendentales. No es así de fácil, o de complicado. Cavilando sobre los inicios de nuestra existencia, o de cualquiera otra persona, cómo es que desde pequeñito se aprende a respetar, a servir, a amar; en una palabra formarse como una criatura racional, social y civilizada sino es con el trato con los demás y con el medio ambiente; cumpliendo con las normas (naturales, sociales, religiosas y del derecho), ignorando incluso se requiera de su observancia por ser un requerimiento explícito de las autoridades en los códigos establecidos por ellas mismas, evitándose así incluso sanciones por parte de ésta. En cambio, otros doctos en cuanto a los temas de las leyes del derecho, en vez de que por ello fueran el ejemplo de los demás por su celo en venerarlas, ¡no paran de violarlas! Pareciera como si usaran esos conocimientos más bien para sacar ventaja propia (por no tener moral). Es indicativo observar a la mayoría de los políticos y gente en el poder, con la profesión de licenciados en Derecho o abogados.

Así pues, la base de todas las leyes (incluyendo las del derecho) es la moral, la cual es el cimiento, la roca de edificación de un destino brillante, libre; por cierto, no siempre como nos lo pintan los creadores de imagen, o los jurisconsultos, o los legisladores, o los publiadministracionistas, entre muchos otros personajes. En pocas palabras, las leyes del derecho no nos aleccionan, no nos preparan, no nos sirven de herramienta para la vida real, concreta (podemos desconocerlas y aún así respetarlas, o, saberlas perfectamente pero pasarlas por alto); la moral en cambio, no solo es la brújula segura para transitar por cualquier inhóspito derrotero, es el instrumento imprescindible también para abrirnos el paso. Es una espada filosa, contrario a la idea de economistas, empresarios, etc., de considerarla un obstáculo.                          

 El individuo solitario, a saber, según estos puntos de vista (moral interna- derecho externo); no necesitaría ni del derecho, ni de la moral, pues no hay una sociedad para manifestar allí su moral, ni alguien con quien pudiera entablar una cuestión de derecho. No obstante, pienso que esa persona necesita, igualmente; tanto del derecho, como de la moral, al él mismo  estar en posibilidad de auto dañarse, o bien, a la comunidad: pongamos por ejemplo al pirómano, peligroso por su afición al fuego y que tantas veces, estos sujetos, han provocado grandes incendios. Por otro lado, alguien puede estar buscando -en la soledad- su superación, ya sea en el ámbito físico, mental, espiritual; o el de sus congéneres, luego estas disciplinas le contribuirán a ese loable propósito.

En la exterioridad del derecho y la interioridad moral de una señora, -por ejemplo- en cuanto a la aprobación del aborto, digamos; si la mujer presenta hasta 12 semanas de gestación se le pueda practicar el legrado, sin castigo alguno y con la ayuda de la autoridad, pues después de este tiempo, entonces sí será delito ¿basados en qué parámetro? Porque pareciera  a simple capricho del humor legislativo esta observancia. Me imagino es por el peligro de la madre a someterse a la extirpación de su hijo ya crecido. Se antoja fácil; luego, sigue la eutanasia ¿pretextos? ¡Sobran!: para que no sufran, ¡qué lata con el enfermo!, los gastos hechos tirados a la basura; -la exterioridad del fuerte sobre la interioridad del débil-, y viceversa; posteriormente, en algunas ocasiones el débil se hace fuerte, continuando sin fin la cadena alimenticia ¡Ouch! quiero decir, la lastimosa lucha doméstica de predominio. ¿Humanos? en la jungla asfáltica e ideológica, armados unos hasta los dientes, con la legalidad.

En la cultura de la muerte -en boga- donde están autorizados igualmente matrimonios homosexuales, los hermanos consanguíneos presionan porque de la misma manera se les reconozca oficialmente sus uniones, bajo la nueva ley de convivencia, pregunto si el robo, el contrabando, la drogadicción, el narcotráfico, la violación están  en trámite, o si estoy atrasada de noticias y tampoco sean ya delitos.

Me viene a la memoria, tras las reflexiones anteriores, una película de ciencia ficción intitulada “Los Niños del Hombre”, cuya trama trata sobre el futuro, en donde solo hay en existencia adultos, y comenta un espectador lo contradictorio del guión, pues al estar en guerra constante, y no teniendo relevos (niños), destruyen también la posibilidad de sobrevivir como raza. He aquí sus sabias palabras: <sin niños y mátense y mátense>. Pero creo que aunque no hubiera conflictos bélicos, al envejecer la población sin tener sustitutos ¿Cuál sería su porvenir? Francia, verbigracia, -país de viejos-, ocupa mundialmente el primer lugar como consumidor de antidepresivos y medicamentos, y la salud mental mediante consultas psiquiátricas, es estudiado en su parlamento para considerarlo prioridad nacional.               


[1]   Kant. Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres, Cap. I.

[2] Del Vecchio . Filosofía del Derecho, trad. De Recaséns Fiches; 2ª. Ed. Tomo I, pág. 211

[3] García Maynes. Ob. Cit. Pág. 16.

[4] García Maynes. Ob. Cit. Pág. 19.

[5] García Maynes. Ob. Cit. Pág. 21.

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