VIAJE A ARGENTINA

 

Fuimos Alfonso y yo del 26 de agosto al 6 de septiembre del 2009 a Buenos Aires, Argentina por parte de su trabajo, entonces en lo que él acudía a sus reuniones yo hacía mis cosas aparte, como estar en el cuarto de hotel escribiendo, viendo la televisión, poco; estudiando inglés o salir un rato a caminar al centro, que estábamos hospedados en él, en un hotel regular. Alfonso salió primero para allá con sus compañeros de trabajo y yo al siguiente día debido a que mi pasaporte lo tenía vencido y no me había dado cuenta, teniéndolo que actualizar, no me lo dieron de un día para otro sino después de cuatro días. Pero me resultó mejor digamos en cuanto a que el vuelo sería directo, porque ellos tuvieron que transbordar de Perú a Buenos Aires con la consiguiente incomodidad que conlleva esto. Llegué cerca de la una de la tarde cansadísima después de ocho horas de vuelo y el transbordo de cualquier forma de León a la Ciudad de México, casi una hora, aunque no tuve que esperar mucho tiempo en el aeropuerto a las respectivas salidas a los destinos. Entonces viajé desde la tarde del día anterior con los vuelos, pero especialmente el internacional estaba ¡llenísimo! No sé porque me dio como claustrofobia y de ver tanta gente sin poder ni estirar a gusto los pies, pero hice de tripas corazón, como dicen, y me hice a la idea de tranquilizarme sin hacer caso de incomodidades, miedos, comida fea, etc.; alcanzando a llegar a mi destino sin haber mortificado aún más a mis compañeros de viaje o haber dado show para que se distrajeran un rato, a lo mejor.

Pues cuando llegué me sentí importunada por la guía que me recibió y me llevó al hotel porque no paró de hablar invitándome a visitar muchos lugares turísticos, que por el frío y la lluvia no se me antojaban, si bien de cualquier forma fuimos a dos o tres lugares que sí me gustaron y me divirtieron; como a una especie de día de campo a las pampas, donde monté a caballito, porque los corceles estaban bien chiquitos, comimos y hubo espectáculo de baile regional y canto, muy bonito. Luego paseamos a través del Río de la Plata en un como yate donde también comimos, que dicho sea de paso, toda la comida estuvo muy rica, en cualquier lugar donde ingerimos nuestros alimentos. Nada más en el hotel, como era desayuno incluido nos tocó, al igual que en Europa elegir de entre el buffet, rebanadas de jamón, quesos, panes, algo de fruta fresca, café, leche, jugos, cereales. Había una alberquita en el sótano pero la abrían en la tarde, y con el frío que hacía ni daban ganas de ir, aparte de que parecía una tinota o chapoteadero; nos tocó la habitación en el octavo piso y casi no se oía mucho el ruido de la calle, pero más abajo se veía que era otra dificultad a sortear. Alrededor de nuestro hotel, había otros edificios igual de altos y relativamente cerca, solo la angosta avenida los separaba, por ejemplo con los del frente, y como tuvieron a bien no poner cortinas, o por lo menos nuestra habitación, no tenía, sino una tela como velo transparente, pues no podía uno estar a gusto en el cuarto apenas oscurecía, porque todo se transparentaba. Lo bueno fue que cuando llegaba Alfonso, como a partir de las siete de la tarde, nos salíamos a caminar, y a ver el chisme en el Congreso de Tango, que duró varios días; y como estábamos en pleno centro de la ciudad, pues también íbamos al centro comercial, cuyo nombre tampoco recuerdo, ni el del hotel, casi ni de las calles, solo sé que estábamos en Buenos Aires, Argentina; y que igual fuimos a ver la Casa Rosada y sus alrededores, la catedral o iglesia grande de por allí, al puerto del Río de la Plata; que comimos en un restaurante que se llama Sigan a la Vaca, o algo así, vimos también el Buque Museo de la Marina, La Bombonera, una calle o colonia o barrio que describe un tango de Gardel (Caminito), un Museo de Cera, allí mismo; la Universidad, un panteón muy famoso por sus lujosas tumbas y su iglesia, preciosa, una colonia de gente adinerada con sus tiendas, así como zonas marginadas, como hay en donde quiera.

Sí que están enormes las cuadras, y más caminando; como nos perdimos varias veces, dimos unas caminadísimas y luego los taxistas no nos dejaban exactamente a donde íbamos por el tráfico estancado y nos decían que de allí quedaba cerca, o que a donde queríamos ir estaba demasiado cerca como para ir en vehículo, pero yo quería casi, que hubieran guías para llevarme de la mano a tal o cual lugar y ya no batallar buscando. Lo bueno de todo esto es que acabábamos cansadísimos y llegábamos al hotel nada más para dormir, y no nos interesaba si podíamos prender o no la luz, o si hacía ruido o si no había nada para ver en la tele, o qué sería de mañana; no teníamos tiempo de pensar en problemas o dificultades, ni de enojarnos, solo de hacer nuestras oraciones y caer como piedras en pozo.

Cuando me levantaba en la noche a veces para ir al baño, me asomaba de paso por la ventana para ver la estrecha calle y los edificios, luciendo invariablemente con sus luces encendidas, de día y de noche; cada inmueble, cada piso, en cada ventana, pero sí, tal vez si estuvieran apagados quizá se vería muy oscura la ciudad, en fín, que me gustaba ver y sentir la paz y sosiego nocturnos en medio de aquella vorágine citadina, porque a veces había gente transitando, a media noche, en la madrugada o muy temprano también.

No obstante ir como sardinas en la lata, todavía nos pidieron, en el avión, que cerráramos las ventanillas, que porque así se ahorraba luz, no entendí por qué pero como buena contreras hice caso omiso, de ida; pero de venida a México, nos pidió la azafata ¡que abriéramos las ventanillas! por favor, ¿quién entiende?, que tal si a todo hiciera caso, de por sí  que tal vez muy cuerda no esté, pues luego con esas instrucciones; que mejor tomé a la ligera y me reí de la situación.

Escribí en la compu de Alfonso para mi libro del ama, dizque estudié inglés, que aunque no avancé nada, por lo menos me entró la espinita de estudiarlo en forma en una escuela, y posteriormente me inscribí a una en la cual me encuentro algo estresada por los exámenes, la preparación de las lecciones, etc. pero a gusto porque así me forzo solita a estudiar y practicarlo para aprenderlo de verdad y no como tantas veces como lo intenté y cuando se ponía difícil lo abandonaba. Vi algo de tele, escuché dos CDs que compré típicos de la región que me gustaron mucho, y otros que ya llevaba de Tin Tan y Rigo Tovar, me fui al parque de por ahí cerca a leer, caminé sola y con Alfonso, escuché misas en la catedral, y una iglesia que había cerca preciosa, acompañé a Alfonso a su entrega de reconocimiento en la Universidad, donde había bastante gente catedrática, me imagino, muy elegantes todos, que dicho sea de paso en su totalidad la población me pareció muy bella; tanto chicos, como grandes, como hombres y mujeres, muy bien parecidos, cosa que en ningún otro lugar había visto, incluida Europa, tal vez por eso dicen los de otros países, sobre todo los latinoamericanos, que los argentinos se creen la última coca cola del estadio. Pues un señor, estando abarrotado el lugar, muy amplio por cierto, pero dentro de las instalaciones de dicha institución, escuché por atrás que me pedía permiso para pasar, cuando nos estábamos empujando y aventando como si estuviéramos en el metro, por lo que volteé con curiosidad a ver por qué de la necesidad de más espacio, pues no tenía para dónde hacerme, entonces el profesor, supongo, ciertamente alto y fornido, viéndonos directamente a los ojos muy cerca uno del otro me dijo: “es que apenas la toque, se va a deshacer”…, lo que me dejó confundida y como pude traté de despegarme o no tener contacto con él a su paso; ideático como donde quiera los hay, pero bueno. Pues al entrar al auditorio nos dirigimos a sentarnos, mi esposo y yo, a las gradas de hasta arriba para ver bien, cuando sentí que se me quedaban viendo unas personas de abajo comenzando a aplaudir, como de burla, por lo que por si era para mí o no, yo fingí demencia y me senté en mi lugar muy a gusto como si nada y ya se estuvieron en paz, pensé que mi atuendo sería quizá el motivo pues efectivamente noté miradas de admiración y otras de urticaria y hasta de odio, si bien yo me sentí muy cómoda y sí elegante aunque no pensé nunca fuera a causar tal revuelo mi vestido verde casi fosforescente usadísimo con unos adornos metálicos color oro y mis zapatos de tacón bajo azul oscuro, igualmente con unos adornos metálicos dorados laterales preciosos, para que es más que la verdad, los cuales me regaló mi cuñada ya usados, al igual que el vestido, porque por bonita no sería que atraería la atención seguramente; pero me encanta ver cómo fácilmente la misma gente se engaña, pues indudablemente cualquiera de ellos llevaba puesta ropa mucho más cara y nueva, a decir de mi esposo, que él, al igual que éstos, al parecer saben de marcas y precios, pues me estuvo comentando eso en la noche; que todos allí llevaban trajes carísimos, aunque de cualquier manera a mí se me hicieron iguales, casi como uniformados, tanto hombres como mujeres con sus colores oscuros sastre. Al final de cuentas al recordarlo me gustó y con todo lo disfruté también en su momento, como buena vanidosa que soy; sin proponérmelo, eso sí, lo mismo pasó en la calle y en el restaurante a donde fuimos a comer, tanto, que mejor quería cambiarme ya de ropa pero llevaba muy poca y como hacía frío y me sentía a gusto con mi atuendo me puse esa y los otros trapos como tres o más veces y días para ensuciarla bien y valga la pena la lavada, la ventaja es de que con el frío no suda uno, o no mucho y no huele uno mal, o nada más un rato; aunque ciertamente también tengo mi pegue, como todos, o como dice el refrán: la suerte de la fea, la bonita lo desea, muy cierto yo creo.

Caminamos, caminamos y caminamos por toda la enorme ciudad en el transcurso de los días entonces, comimos rico, descansé, escribí, estudié, me distraje, conocí dónde me editan mis libros; aunque con un gran misterio, pues todo el piso de ese edificio se encontraba herméticamente cerrado, como guardando un gran misterio, pero pensé que con tal de que a mí me cumplieran con mis obras, como hasta ahora, cómo le hagan, no me interesa, ellos sabrán. En fin que estuvo bien el viajecito pero sí lo pensaría mucho para regresar allá o a otro lugar así de retirado, por el viaje más que nada, o cuando se invente la transportación instantánea, tal vez me anime, pero por lo pronto, no.  

De regreso fue otro rollo en el aeropuerto por la cantidad de gente, como siempre lleno y por el tiempo que hay que esperar para salir. Yo ya venía bajando a todos los santos desde la fila para documentar, sintiéndome engentada aunque con la compañía de mi esposo y unos diez de sus colegas que venían con nosotros, como casi siempre cuando hay varios hombres juntos son ocurrentes y hasta chistosos, ya no consideré tan mal el momento y quién sabe la verdad cómo pude estarme tranquilita las ocho horas del trayecto en el avión, pero puedo estar tranquila de no haber hecho escándalo alguno.

También para irnos de México a Irapuato debimos esperar creo como cuatro horas porque llegamos muy temprano a la Terminal, entonces desayunamos y anduvimos caminando y baboseando las tiendillas que venden lo mismo todas y ya parecía un león en jaula cuando nos subimos para dar el último jalón a la casa. Pero llegué finalmente, a Dios gracias, prometiéndome solemnemente no buscar más aventuras de ese tipo sino hasta después de mucho, pero mucho tiempo, y solo por causas de fuerza mayor, pero si fuera posible nunca, pues mejor. Le cedo mi lugar con gusto a un hijo de la mala vida peor que yo.   

 

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